‘¿Y si el próximo en morir eres tú?’

Una reflexión del columnista de WATERPOLISTA.com sobre como vivir cada momento pero sobretodo una lección de vida en la que dar importancia a las cosas realmente imprescindibles de nuestro día a día

Carpe diem, quam minimum credula postero, ‘Aprovecha el día, no confíes en el mañana’. Esta locución latina acuñada por el poeta romano Horacio (Odas, I, 11), cobra gran importancia en la edad media como tópico literario ya que era entendido como “vive el momento porque vas a morir pronto”. Más tarde los ideales de belleza y perfección del renacimiento lo hicieron entender como “vive el momento porque vas a envejecer pronto“, para volver a interpretarlo en la época barroca como se hacía en la edad media pero con más intensidad en cuanto a la muerte.

Como un servidor e imagino que como ustedes, queridos lectores, no tuvimos la fortuna de vivir en ninguna de aquellas etapas de la historia, en especial la renacentista de William Shakespeare, Miguel de Cervantes, Leonardo Da Vinci, Galileo Galilei o Johannes Gutenberg, yo no conocí este adagio latino hasta que a finales de los años 90s volví a ver la maravillosa película El club de los poetas muertos (1989) del gran Robin Williams, carismático actor aclamado por la crítica cinematográfica. La primera vez que la vi, meses después del estreno, era muy joven y no me enteré realmente del mensaje que quería proyectar. Tardé años en comprender realmente lo que el profesor Keating quería hacer llegar a sus estudiantes, que no pierdan lo único que no podrán volver a recuperar; el tiempo.

El club de los poetas muertos se ha convertido con los años en una película de culto, lejos de los gustos de los más jóvenes, ávidos de sagas interminables de ciencia ficción y efectos especiales (cuando no, la play station y sus semejantes), donde parece que lo único interesante es ver peleas, asesinatos, carreras en coches y mujeres y hombres despampanantes, donde casi ninguna de ellas, por no decir todas, no te enseñan absolutamente nada más allá de pasar un buen rato delante de la caja tonta, que por otro lado todo esto es bienvenido en estos momentos tan duros. No digo que El club de los poetas muertos sea la mejor película de la historia, porque no lo es, pero sí que puedo asegurar que se trata de uno de los mejores mensajes que uno debería recibir siempre. Es por ello que recomiendo encarecidamente a todo el mundo disfrutar de esta maravillosa película, que tiene uno de los mejores finales de siempre.

¿Y qué tiene que ver toda esta introducción con el waterpolo? Absolutamente todo. Para muchos de nosotros el waterpolo es la vida en si misma. Una vida llena de momentos maravillosos y otros que lo son menos, pero ambos indispensables para dar valor a la vida misma.

En un mundo occidental donde la muerte es vista como un tabú social donde la inmensa mayoría no quiere saber nada de ella, llegando incluso a apartarla de su vida y a no reconocer que ésta nos llegará a todos y a cada uno de nosotros algún día. Y lo que es peor, creemos que en caso de llegar nuestra hora siempre será lo más tarde posible, lo que hace que siempre estemos pensando en el mañana y nunca o casi nunca, en el ahora, en lo único que cuenta. ¿Cuántas veces tú, jugador, entrenador, arbitro o dirigente, has ido a un entrenamiento, partido o a tu quehacer diario en pro del waterpolo, sin ganas, desmotivado, cansado o enfadado con algo o con alguien? ¿Cuántas veces te has dado cuenta (normalmente tarde) que has desperdiciado una gran oportunidad de ser feliz y hacer feliz a los demás, por no haber dado todo en ese momento del entrenamiento o partido? ¿Cuántas veces en tu vida has desperdiciado ese ahora por pensar en ese luego o mañana?

A lo largo de mi vida como entrenador he evolucionado en vivir más ahora que mañana, porque nadie absolutamente nadie nos puede asegurar que habrá un mañana aunque la estadística suela darte una gran posibilidad que así sea. En un mundo donde los resultados deportivos (refiriéndome al deporte de élite) marcan equivocadamente el valor de las personas, dejando en un muy segundo plano el valor humano, descubrimos al final de la vida de una persona su valor real.

Volviendo a la analogía cinematográfica, en Ahora o nunca y justo casi al final de la cinta, Morgan Freeman le comenta a Jack Nicholson sentados en una de las pirámides de Giza, que cualquier persona a punto de morir debería hacerse dos preguntas; La primera solo uno mismo podría contestarla “¿He sido feliz en mi vida?”, y seguramente la gran mayoría diría que sí. Sin embargo la segunda pregunta sería mucho más compleja y quizás no sería tan obvia la respuesta ¿He hecho feliz a alguien en mi vida y podría decir su/s nombre/s? Para poder dar un sí contundente a esta respuesta uno tiene que ser ante todo empático, ético, legal, sincero, sensato, solidario, generoso, humano y especialmente no egoísta. Si uno vive siempre al 100% el momento compartido con alguien en cualquier entrenamiento o partido o situación de vestuario (recordad que hablo de nuestro deporte aunque evidentemente se puede trasladar a la mayoría de ámbitos de la vida), dándole a esa persona o personas lo mejor de uno mismo, sin llegar a guardarse nada para uno mismo, entonces y solamente entonces, uno si que podría afirmar que en algún momento de su vida hizo feliz a alguien.

Para finalizar lo haré con una anécdota personal. Suelo empezar el 90% de mis entrenamientos con una charla de cinco minutos sobre el trabajo a realizar en ese momento, y no he empezado casi a hablar cuando los chavales me preguntan casi siempre “¿Y luego haremos esto?” o “¿Y mañana haremos lo otro”?. Mi respuesta siempre es la misma “¿Qué más da lo que vayamos a hacer luego si a lo mejor nunca lo vamos a hacer, ya que ahora mismo puede caer un meteorito y matarnos a todos? Lo único que tienes que hacer es disfrutar del momento sea haciendo partido, pesas o nadando 5.000 metros”. Sí, acepto que pueda parecer una respuesta absurda donde lo único seguro son las risas de los chicos, acompañadas de exclamaciones tipo “!Sí, claro!”. Bueno, pues un meteorito no ha caído, cierto, al menos de momento, pero lo que sí es cierto es que un virus con muy mala leche nos ha golpeado como nunca antes nada lo había hecho. Realmente se trata de un caso excepcional y no por ello menos probable que no ocurra.

Nadie de nosotros puede afirmar cómo será el futuro y si todo volverá a ser igual que el último día que cada uno de nosotros fue a hacer su trabajo para con el waterpolo. Sea lo que sea yo lo único que tengo claro es que mi último día de entrenamiento fue muy feliz para mi, sabiendo que un día más lo di absolutamente todo en pro de lo más importante de siempre, mis chavales. Además creo que también fue un entrenamiento bueno para ellos viendo las caras de alegría al acabar el mismo. Mi única preocupación cuando llego a la piscina es intentar que ese rato que van a estar haciendo waterpolo, sea el mejor momento de su día, intentando ayudarles en todo lo que pueda sea a nivel deportivo o personal. Pero sobre todo mi objetivo es que aprendan a vivir cada día como si ese día fuera a ser el último de sus vidas (estando prohibido querer ser feliz pasando por encima de otras personas o haciendo cosas no éticas).

Sé feliz. Enjoy the life. Carpe diem. Waterpolo para siempre.

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